La princesa y el dragón
En algún lugar de aquella montaña que se yergue sobre este valle frondoso, existe una caverna a la que nunca persona osada ha conseguido entrar.
Cuando Ulises era niño escuchaba de boca de los mayores una historia completamente fantástica. Nadie del lugar había conseguido ver al dragón y aún menos a la princesa que según la leyenda vivía con él. No, nadie jamás había visto a aquellos personajes. Todo aquello no era más que un cuento inventado para los niños. Un cuento que pasó de padres a hijos sucesivamente y que con el paso de los años había sufrido enormes cambios y por lo tanto tenía distintas versiones.
La princesa y el dragón no existían en la realidad, fueron creados para incentivar la imaginación de los menores. No todos tenían la suerte de ser imaginativos, no. La mayoría oía la historia como una retahíla de ancianos que en su vejez no tenían otra cosa mejor que hacer que contar batallas del pasado.
Ulises está contemplando la caída del sol. Todas las tardes, desde que era un niño, ha mantenido esa afición, contemplar los ocasos. Observa cada detalle, cada cambio producido por la luz de los rayos que se van ocultando lentamente con la cadencia de un segundero, cada segundo la luz se renueva, cada minuto ocurre un milagro, es el milagro que crea un arco iris en el cielo. Primero amarillo. Amarillo que se convierte en naranja. Naranja que se torna en violeta. Azul que mezcla en rojos las nubes de carmín. Grises que ondean en líneas infinitas. Cada segundo una inmensa gama de colores se transforma en otra.
Es como el tiempo. Como la vida. Una transformación continua de circunstancias, momentos y etapas.
Todo esto ocurre cada tarde con diferencia de las anteriores. Nada se repite en las tardes. Todo es distinto. Los colores, las nubes, el viento. La intensidad de la luz crece o mengua según los ojos, según los instantes en los que se siente o se piensa, cómo se siente o cómo se piensa.
Los transeúntes andan cabizbajos ensimismados en sus pensamientos, suponiendo que piensen, seguro que no hacen otra cosa que pensar en cómo llegar a fin de mes, cómo pagar la letra del coche nuevo, cómo pagar la hipoteca del piso de setenta metros cuadrados que se compraron para crear una familia, cómo llevar, cada día, un plato a la mesa para ellos y su progenie. Pensamientos que ocupan todo la materia gris de la que sus cerebros están compuestos. Cómo van a percatarse de lo maravilloso que es contemplar un atardecer, no tienen tiempo para ello, cómo van a detenerse unos minutos para hacer esa idiotez. Eso es sólo cosa de gente rara, gente que no está muy cuerda. Gente que deambula de aquí para allá, vagos y maleantes.
Ellos no pueden permitirse perder su tan preciado tiempo. Ese tiempo que necesitan, cada día en más cantidad, para hacer frente a sus vidas de gente normal.
A Ulises eso le da igual, no le importa que piensen que él es un loco o un vago, un maleante, qué importa piensa Ulises mientras observa con alegría de corazón esos maravillosos cambios de color producidos por la caída del astro rey.
Escuchó cientos de veces la historia de la princesa y el dragón y él la fue asimilando y con el paso del tiempo la fue interpretando a su manera.
Consiguió olvidar los quehaceres diarios, lo rutinario dejó de tener importancia en su vida. Él sabia que en las montañas, tras las que el sol se ocultaba, de un modo diferente cada día, vivían aquellos dos personajes de cuento. Los imaginaba dando largos paseos entre los romeros, los álamos y los alcornoques.
Qué podía importarle el ir y venir de aquellos seres grises, de miradas vacías, de rostros duros, tercos, necios que luchaban por conseguir las cosas más inútiles. A él no le importaba nada más que sentir cómo la naturaleza se iba trasformando a cada segundo, a cada minuto, hora, día, semana, mes y año.
Por eso siempre mantuvo la ilusión del niño que aún llevaba consigo, de aquel niño que soñaba con mundos fantásticos donde la realidad no existía. Nada era como en la vida real, todo era distinto, como aquellos ocasos que contemplaba cada tarde.
Y allí en las montañas el dragón y la princesa seguirían paseando eternamente por las veredas secretas.
Él seguiría esperando verlos algún día. Alguna de aquellas tardes los encontraría volando sobre las montañas que acunaban cada tarde al sol y a las nubes y a los pájaros que se refugiaban en sus nidos. Oiría el sonido de las alas del Dragón acariciadas por el viento, el canto dulce de la Princesa acompañado por los trinos de las aves. Sí, él mantenía la ilusión intacta del niño que había oído aquellas historias. Dejaba volar su imaginación y se adentraba en las montañas y allí estaban ellos, esperándolo para recibirlo con cantos y sonrisas.
Cada tarde se convertía en una fiesta para Ulises. Esperaba con ansiedad el momento en que el sol comenzaba su descenso. Durante el día iba al colegio. Dejaba pasar las horas pensando en la fiesta de cada tarde.
Consumía las horas ojeando los libros de texto. Pensaba que en ellos no encontraría nunca la verdad. Prefería los cuentos, aquellos cuentos que encendían su imaginación, en ellos descubría verdades que no decían los otros libros.
Una fiesta para los sentidos. Cada tarde sus emociones se fugaban con las luces, con los colores. La fiesta de Ulises. Nadie estaba invitado a ella. Era su momento. Rayos que caían encendiendo los rincones oscuros.
Cantos de jilgueros, alondras, tórtolas. Ruiseñores que se encaramaban a los balcones de las casas para iniciar su sinfonía. Gente que desaparecía detrás de las puertas que quedaban cerradas a la noche. Miedos de oscuridades. Noches solitarias de fantasmas. Ese era el momento que tanto ansiaba durante el día.
Allí se sentía libre como el aire que respiraba y lo mantenía con vida. Libre de toda atadura a la realidad que llegaba con el amanecer para fugarse en los ocasos y convertirse en sueño, sueños dorados por estrellas, plateados destellos de luna que iluminaban a la Princesa y al Dragón allí en las montañas. Y cuando el sol le decía adiós con una sonrisa y la luna le guiñaba un ojo, entonces, los veía salir de la cueva imaginaria. Ella montada sobre el lomo del Dragón que agitaba sus alas en el viento. Iluminando, con el fuego de sus fauces, el valle. Danzaban con la luna. Convertían las estrellas en figuras que bailaban alrededor de ellos.
Los atardeceres de Ulises le dieron sentido a su vida, hasta que un día sus padres decidieron trasladarse a otra ciudad. Era una ciudad enorme, oscura, fría, sucia. El cielo no se podía ver. Todo era gris, tristemente gris. Una ciudad que olía a aire rancio, a basuras, a orina.
Una ciudad llena de cloacas, laberintos subterráneos, túneles transitados por cientos de trenes que transportaban, cada día, a miles de seres. Extraños seres. Serios. Tristes. Mudos. Solitarios. Huérfanos de corazón. Máquinas de carne y hueso. Residuos de lo que fueron en otros tiempos. Antes, mucho antes de convertirse en máquinas. Números. Filas.
Ulises ha sentido por primera vez miedo. Una sensación, que nunca había tenido, ahora le recorre el cuerpo. Miedo a esos seres extraños, aun más extraños que los de aquel pueblo en donde había nacido y donde había crecido escuchando la leyenda de la Princesa y el Dragón.
Aquí no habrá princesas ni dragones piensa contemplando las sucias calles. Se aferra a la mano de su madre que lo lleva al colegio. Un nuevo centro escolar. Nuevas caras. Otros seres distintos a los que ya conocía. Sus compañeros de clase lo observan con miradas perdidas en algún vacío. Todos están pálidos. Silenciosos. Serios. Cabizbajos. Transeúntes de patios de colegio preparándose para la vorágine exterior. Selva en la que tendrán que sobrevivir cuando crezcan.
Una de las tardes de vuelta a casa como otras tardes, Ulises sigue mirando al cielo con la esperanza de ver al Dragón y a la Princesa y en una claro entre edificios enormes, allí, en el cielo que se muestra azul vuelan Princesa y Dragón jugando con un grupo de nubes y desde allí le envían un soplo de color de aquellos atardeceres que sigue recordando y que seguirán para siempre en su memoria.
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